Hoy te invito a descubrir la historia H. Moser & Cie. , la historia de un joven que tras mucho mérito y esfuerzo, e ideas innovadoras, se convirtió en uno de los mejores fabricantes suizos de relojes de lujo. La historia de H. Moser como jamás te la hubieran contado.

Venga, sin preguntar a quien tienes al lado -probablemente no sea de mucha ayuda de todas formas-, pero, sobre todo, resistiendo a la tentación de consultarle al sabelotodo Dr. Google, dime:

¿Cuántas casas relojeras suizas existen actualmente? Voy a dejarte un momento para que lo pienses… Sin prisa, sigue pensando… –sí, a Rolex, a Vacheron Constantin y a Audemars Piguet ya las contaste-.

¿Lo tienes?… Si pensaste en 300: Felicidades, has acertado… ¡en casi un 50%! ¿Sorpresa? No te sientas mal, es totalmente comprensible.

La industria relojera es mucho más grande de lo que parece; y si hablamos exclusivamente de aquellas firmas que tienen su base ubicada dentro de los límites del territorio helvético, la cantidad de casas relojeras que podemos enumerar sobrepasa las 700.

A veces sucede que es difícil ver más allá de lo mainstream y fácilmente se nos puede llegar a olvidar que en realidad hay muchos más jugadores que los que aparecen en las grandes campañas publicitarias o en las muñecas de las personalidades e influencers del momento.

Es como cuando ibas al colegio… ¿Te acuerdas?

Estaba aquel grupete de chicos y chicas populares que todo el tiempo buscaban acaparar la atención del curso y, en contraste, estaban también esos compañeros de clase que preferían sentarse al fondo del aula: esos niños irreverentes a los que tildaban de malos, que no tenían una particular necesidad de hacerse ver constantemente, pero que a lo largo del año de cursada pudiste llegar a conocer y descubrir que, en realidad, tenían grandes virtudes de las que hicieron gala en varios episodios –¡seguramente aún te acuerdas!-:

Las veces en que fueron compañeros sinceros y desinteresados, o cuando dieron un paso al frente con valentía a la hora de decir o hacer lo que creían justo, o incluso aquella ocasión en que mostraron un ingenio picaresco cuando tuvieron la oportunidad de dejar en ridículo al bully de la escuela.

La cuestión es que, con el tiempo, nos dimos cuenta de que esos niños malos y reservados que se sentaban al fondo del aula eran, en realidad, buenos, listos y, en muchas ocasiones, más interesantes que aquellos otros que sólo se interesaban por la popularidad.

Esos son los compañeros que en retrospectiva agradecemos al destino por haber conocido y que, si tenemos suerte, incluso después de muchos años seguirán siendo nuestros mejores amigos -y te lo puedo decir con conocimiento de causa-.

¿A qué voy con todo esto? ¡Pues a que en los relojes pasa exactamente lo mismo!

En este curso que se llama industria relojera suiza, hay muchos de esos niños malos e irreverentes, en apariencia reservados, que se sientan allá, por el fondo, en la parte oscura e inexplorada del aula, y de quienes te perderías de muchas sorpresas muy interesantes si aunque sea no te les acercaras una que otra vez a decirles “hola”.

H. Moser & Cie.

H. Moser & Cie. es uno de ellos. Y si no lo conocías, créeme que estás de suerte, porque aquí en IGORMÓ consideramos que merece la pena hacerlo… y mucho.

El detalle en la esfera del Streamliner Flyback Chronograph.

UN HERITAGE DE REALEZA QUE SEGURO NO TE ESPERABAS.

Tal vez sea la primera o una de las pocas veces que has escuchado hablar de Moser (como le gusta que le llamen sus amigos), pero este chico malo ha estado por aquí nada menos que desde el año 1828. Así es, mucho tiempo antes que varios de sus más ruidosos compañeros de clase que prefirieron quedarse a acaparar la atención del curso en la primera fila.

La historia que llevó a H. Moser & Cie. al aula de la industria relojera suiza empieza en Schaffhausen, Suiza. Un lugar que seguramente te suene familiar por ser la sede de algunas casas relojeras -que, por cierto, le deben en gran parte a Moser el hecho de poder estar instaladas allí hoy-.  

Como toda historia, empieza con un nombre: Heinrich Moser, nacido en 1805 en el seno de una familia de -a que ya te lo imaginas- relojeros. Pero no cualquier tipo de relojeros: por generaciones, la familia Moser había sido confiada con la gran responsabilidad del mantenimiento de todos los relojes públicos de Schaffhausen; por lo que no resulta una sorpresa el hecho de que, a la tierna edad de 21 años, el joven Heinrich ya fuese un verdadero maestro relojero.

El mandato familiar lo instaba a quedarse en su Suiza natal para continuar con la tarea que durante años se le había confiado a los Moser, pero Heinrich tenía mayores aspiraciones: un espíritu emprendedor que lo empujaba a llevar ese legado familiar más allá de los confines de su patria.

Fue así que, prácticamente con lo puesto, se marchó de la comodidad de Schaffhausen hasta las frías tierras del Imperio Ruso para fundar, tras mucho esfuerzo y méritos, en 1828 su propia fábrica en San Petersburgo: en esa particular latitud del globo y ese momento específico de la historia nacía H. Moser & Cie.

El joven relojero era sin dudas talentoso, pero sabía que si quería ver prosperar su negocio, tenía que rodearse de los mejores.

Y así lo hizo: se empeñó en contratar mano de obra especializada y a los más refinados artesanos, apuntando además a un nivel de industrialización que le permitiera lograr una producción a gran escala que lo llevó incluso a exportar a China, Japón y Persia, entre otras latitudes de oriente… Ah, y por si te olvidabas, ¡recordemos que estamos hablando de casi mediados del 1800!

Por la calidad y precisión de sus piezas, Moser llegó a erigirse en la Rusia imperial como sinónimo de prestigio y confiabilidad. Se convirtió en el único relojero que reparaba las piezas del Zar Nicolás I, proporcionó calibres a nada menos que al mítico joyero Carl Fabergé, quien los incorporó a varias de sus creaciones –entre las cuales se destacaron los legendarios Huevos Fabergé-.

La aristocracia y la nobleza rusa acudían a él para solicitarle relojes especiales y su enorme prestigio lo llevó incluso a ser mencionado en la obra de uno de los escritores más grandes de la literatura universal: Fiodor Dostoievski.

Heinrich Moser, el actual museo familiar de Charlottensfels Country Manor y la antigua fábrica H. Moser & Cie. de San Petersburgo.

Ese joven maestro relojero, que se lanzó a la aventura llevando apenas lo que podía cargar en una maleta, terminó por construir en la Rusia zarista su propio pequeño imperio.

Pero Moser nunca dejó atrás su profunda conexión con su patria natal: en 1829 estableció dependencias de su compañía en suelo suizo, puntualmente en Le Locle y años después -por diversos motivos, pero principalmente por el amor a su tierra- decidió volver e instalarse en su ciudad natal.

Fue así como Heinrich regresó en 1848 a una, en ese entonces, precaria ciudad de Schaffhausen. La diferencia era que el maestro relojero ya no era un joven que debía demostrarle al mundo sus capacidades.

Esta vez Moser volvía a la tierra que lo había visto partir como un importante hombre de negocios y, lo que era mejor aún: no volvía solo, con él llegaba su compañía y su fortuna, de la cual destinó gran parte a realizar obras públicas que resultaron de enorme importancia para levantar e industrializar a su querida Schaffhausen –algo de lo que particularmente pueden estar agradecidas muchas compañías, incluyendo nada menos que IWC, la reconocida casa relojera que de no ser por la iniciativa emprendedora de Heinrich Moser, probablemente no existiría el día de hoy (y que, como veremos, supo demostrar posteriormente su gratitud a Moser)-.

La historia de la entonces titánica empresa de Heinrich Moser está llena de giros interesantes y matices sorprendentes, incluyendo la división y venta de la compañía por parte de la viuda de Moser -con la condición de que se mantuviera su nombre, filosofía y calidad de trabajo- a, entre otras personalidades, un tal Octave Meylan -abuelo de Georges-Henri Meylan, quien fuera posteriormente máximo responsable nada menos que de Audemars Piguet-, la posterior expropiación de la fábrica de San Petersburgo por parte de los Bolcheviques durante la revolución rusa, su fatídico paso por la crisis del cuarzo -donde fue vendida a un conglomerado empresarial en 1979- y su mágico renacimiento entrando en el nuevo milenio de la mano de Jürgen Lange -en ese entonces director de IWC- y Roger Nicholas Balsiger -descendiente del mismísimo Heinrich Moser-, tras lo cual volvió –finalmente- a manos de la familia Meylan, que fiel y respetuosa de la tradición y su enorme historia, decidió mantener y honrar el nombre de H. Moser &Cie. en reconocimiento al espíritu inquebrantable de Heinrich: ese joven emprendedor empedernido que, a través de la relojería, supo cambiar la historia no sólo de su familia, sino también de su ciudad natal.

Como puedes ver, este chico malo, después de todo tiene una interesante historia para contar:

Décadas de grandeza, prestigio bien ganado, merecidos reconocimientos, un impacto positivo en su comunidad, pero sobre todo espíritu emprendedor y una filosofía de trabajo que ha sabido mantener: basada en una calidad fuertemente respaldada por su carácter independiente.

Ah, y ese es un punto importante: Moser es de las pocas casas relojeras que pueden realmente darse el lujo de afirmar que son independientes.

CON LA LIBERTAD NECESARIA PARA SORPRENDER.

Las declamaciones que se refieren a los calibres como de manufactura propia o in-house pueden escucharse hasta el hartazgo de la boca de muchos -y sobre todo grandes- jugadores de la industria, pero muchas veces sucede que esa grandilocuente afirmación suele encontrarse en distintos niveles de verdad.

No son pocas las marcas que caen en la piadosa mentirita blanca, afirmando tener movimientos in-house, cuando resulta que, si bien se tratan de calibres exclusivos, en realidad son realizados por un tercero (o varios) específicamente para esas casas relojeras. La diferencia puede parecer sutil, pero cuando hablamos de alta relojería o Haute Horlogerie, ese contraste en apariencia pequeño, es muy significativo.  

En el caso de Moser, la manufactura de sus movimientos es verdaderamente in-house: tan propia como realmente puede llegar a ser.

Sus calibres no sólo son totalmente diseñados por ellos, sino que además todos sus componentes son producidos por la empresa Precision Engineering AG (PEAG), que vale aclarar -antes de que me levantes ese dedito acusador y me digas “¡Ajá, dependen de un tercero!”-, que se trata de una compañía 100% propiedad de Moser y que, además, no sólo hace piezas exclusivas para ellos, sino que es una de las principales proveedoras de componentes de mecanismos de balance para toda la industria, caracterizándose especialmente por la manufactura de una de las piezas más sensibles de un calibre mecánico y por lo tanto las más complejas de realizar: las espirales del órgano regulador.

Microingeniería de alta precisión: PEAG fabrica desde delicadas y complejas espirales hasta ruedas de balance de todo tipo para calibres mecánicos.

Esta relativa tranquilidad –pero a la vez enorme responsabilidad- de no depender de nadie más que de sí mismos, le permitió a Moser seguir sus instintos a la hora no sólo de diseñar sus relojes, sino también de desarrollar nuevas tecnologías e ideas innovadoras, como ciertamente lo es –por citar un ejemplo- el diseño de los puentes y la posición que dentro de sus calibres tiene el conjunto que compone el sistema de balance: permitiendo que, tras cada service de mantenimiento, esas importantes piezas a las que muchas veces nos referimos como el corazón del reloj, puedan ser sencillamente removidas por completo -como un módulo integrado- y directamente reemplazadas por un conjunto recién salido de fábrica -¡Nuevo corazón: nueva vida!-

Una idea simple, tal vez un tanto controversial y disruptiva, pero que a fin de cuentas no sólo es indudablemente práctica, sino que no tiene precedentes y, entre tú y yo, no es poca cosa dentro de un mundillo que tiene siglos de historia -especialmente si hablamos del sistema de escape de áncora suizo- presentar un aporte innovador que, en todo este tiempo, no se le había ocurrido a nadie más… parece que este chico rebelde no sólo tiene una historia interesante, sino también algunas buenas ideas para compartir con el resto de la clase.

La impresionante vista del calibre de cuerda manual HCM 324 de Moser y el detalle del conjunto de puentes y rueda de balance diseñados de modo tal que pueden removerse y reemplazarse con facilidad.

Res, non verba… o cómo Moser redefinió al calendario perpetuo.

Hasta ahora pudimos conocer la historia y el potencial de Moser, nuestro reservado compañero de clase. Pero todas estas maravillosas cuestiones de poco valdrían en la actualidad si quedasen atrapadas en el plano de las ideas:

Res, non verba (hechos, no palabras) supo decir un senador romano en la antigüedad, lo que llevado a lo nuestro se traduciría en: está todo muy bien pero… ¡enséñanos los relojes!

Moser renació en un cambio de era, y sabía que para entrar en el nuevo milenio de la industria relojera por la puerta grande, tenía que hacer méritos…

En 2005 presentó la pieza perfecta para eso: un reloj en apariencia sencillo y discreto, pero que en realidad guardaba una complejidad enorme junto con un diseño y carácter innovadores.

Una pieza que, en definitiva, sintetizó a la perfección la verdadera identidad de la renacida H. Moser & Cie.: El Endeavour Perpetual Calendar.

Endeavour Perpetual Calendar Funky Blue.

La realidad es que cuando una casa relojera se relanza al ruedo presentando nada menos que un Calendario Perpetuo, deja claro que no está jugando a la segura y, a la vez, demuestra un nivel de confianza en sí misma que a veces cuesta ver incluso en aquellas marcas que se sientan en las primeras filas del aula: El chico del fondo se dispuso a pasar por primera vez al frente para dar lección. ¡Y qué lección daría!

El Endeavour Perpetual Calendar es una pieza que no desvela a simple vista que estamos frente a una de las complicaciones más embrolladas de la relojería, y es gracias a eso que terminó nada menos que por redefinir el tradicionalmente intrincado diseño de los Calendarios Perpetuos.

Lo logró con una esfera sencilla, perfecta en cada detalle y bien legible: agujas formato de hoja para las horas y minutos, una subesfera para el petit seconde a las 6, una amplia ventana de fecha a las 3, un indicador de reserva de marcha a las 9 y la revolucionaria simpleza de una pequeña aguja extra (rematada con formato de flecha en su extremo) que señala hacia cada índice horario en virtud del mes de que se trate (correspondiendo el de la una a enero, el de las dos a febrero y así hasta diciembre representado por el de las 12).

Otra vez, una idea sencilla… pero que no se le había ocurrido antes a nadie.

El Endeavour Perpetual Calendar indicando con una sencillez sin precedentes las 10 y 11 minutos del día 12 de Junio.

Con esa pequeña aguja extra, Moser sorteó con elegancia la incómoda necesidad de exhibir los meses recurriendo a más ventanas en la esfera. Logró así una estética simplificada que contrasta enormemente al dar vuelta el reloj y encontrarnos con la compleja suntuosidad del calibre de manufactura propia y cuerda manual HMC 341 que se exhibe galantemente, incorporando entre sus elementos una rueda con formato estrellado que indica -como no puede faltar en todo Calendario Perpetuo que se precie- los años bisiestos.

La otra cara de la moneda: el intrincado calibre de cuerda manual HMC 341 con su ingenioso indicador de años bisiestos en forma de estrella.

Resultó una pieza hija de la innovación, la búsqueda de la calidad, el empuje emprendedor y la historia de realeza que caracterizan a Moser. Y como tal, no le iba a tardar en llegar su coronación: El Endeavour Perpetual Calendar se hizo con el primer lugar en la edición de 2006 del prestigioso Grand Prix d’Horlogerie de Geneve en la categoría Montre Compliqueé (complicaciones).

Tras esto, Moser habría podido tranquilamente subirse -y con todo su derecho- a un enorme carro alegórico de desfile y pasarse a la ruidosa primera fila del aula, pero este rebelde, tras finalizar su lección, tomó sus cosas y prefirió volver con humildad para seguir trabajando y mejorando desde el lugar donde siempre estuvo: al fondo de la clase.

UN REBELDE INGENIOSO Y CON CAUSA.

Eso sí, la reserva que por naturaleza tiene no le impidió a Moser levantar la voz y reaccionar -con picardía y mucho ingenio, por cierto- ante las amenazas de algunos potenciales bullies.

En 2015, un año marcado a fuego en la industria por la amenaza que significó la aparición del Apple Watch, Moser -a diferencia de varios de sus más populares compañeros que se quedaron temerosos y expectantes ante el surgimiento de este nuevo competidor- detentó no sólo un ingenioso humor para tomarle el pelo y marcar distancia con el monstruo tecnológico de Cupertino, sino que también hizo lo que mejor sabe hacer: relojes.

El Swiss Alp Watch de H. Moser & Cie.

Fue así que este pequeño chico malo de la industria relojera suiza trolleó en pleno siglo XXI a una de las empresas más importantes del mundo presentando al sugerentemente bautizado Swiss Alp Watch: un reloj de edición limitada a 50 piezas idéntico en estética al de la compañía de la manzanita pero, eso sí, con una impresionante esfera estilo fumé (que al día de hoy es uno de los atributos estéticos que más caracterizan a la casa relojera), una caja construida en oro blanco, el calibre de cuerda manual hecho en casa HMC 324 (con reserva de marcha de 4 días y su respectivo indicador a la vista en el movimiento) y, por supuesto, construido a mano con una calidad y refinamientos propios de la más alta manufactura suiza.

La esfera fumé: el display de alta definición de este smartwacth suizo.

De más está decir que este reloj irreverente fue un éxito comercial: se agotó al poco tiempo de su lanzamiento y, de hecho, Moser recientemente (2019) redobló la apuesta con el lanzamiento de una versión aún más impresionante de esta pieza -nacida nada menos que para demostrar a todos, en contraste con el producto de Apple, qué cosa es realmente un reloj-.

Se trata del Swiss Alp Watch Concept Black, una obra maestra que, a decir verdad, se toma grandes molestias tan solo para fastidiar al Apple Watch: presenta una esfera del más profundo y perfecto color negro que deja ver nada más -ni nada menos- que un prominente Tourbillon.

Con Tourbillon y Repetidor de Minutos, el Swiss Alp Watch Concept Black.

Lo curioso de esta versión del Swiss Alp Watch es que carece de elementos visuales que permitan leer la hora en él, y esto responde a un secretito que guarda muy bien en su interior: este ingenioso reloj además de exhibir un Tourbillon incorpora la complicación de Repetición de Minutos, es decir, que al deslizar un discreto pulsador ubicado al costado de la caja, una serie de martillos en miniatura -ubicados dentro de su calibre de cuerda manual HMC 901- dan unos suaves golpecitos que, traducidos en agradables campanadas, nos indican la hora exacta.

El posterior nada minimalista del Swiss Alp Watch Concept Black con su sorprendente calibre de cuerda manual HMC 901.

Con este trolleo -probablemente el más definitivo- el chico malo demostró con ironía, perspicacia, pero sobre todo con una increíble capacidad técnica, que no se necesita saber de programación para hacer verdaderos relojes inteligentes.

DEL SWISS MADE AL SWISS MAD.

Otro memorable episodio en el que Moser dio un paso al frente para poner de relieve una situación que consideró injusta, fue durante el año 2017 en el marco de los cambios en las regulaciones suizas que imponían las condiciones para que una pieza pudiera exhibir la leyenda Swiss Made.

En resumidas cuentas: el organismo regulador helvético definió que para calificar a la categoría de “hecho en suiza”, el 60% valor de un reloj debe poder atribuirse a “trabajo suizo”. Hasta ahí todo el mundo conforme… hasta que se plantearon algunas situaciones controversiales que lograban eludir por completo el objetivo de la norma, por ejemplo, el hipotético caso de que a una pieza pudiera atribuírsele un 60% de su valor a trabajo de investigación y desarrollo realizado en suiza, pero que el 40% restante respondiese a su construcción integral fuera del territorio helvético.

Una esfera reminiscente a la bandera helvética, correa de cuero vacuno, movimiento de manufactura propia y caja construida en queso. El reloj más suizo jamás construido.

Al ver una falta de respuesta ante ese considerable hueco en la legislación -que claramente ponía en enorme desventaja a las casas relojeras suizas independientes-, Moser recurrió nuevamente a su picante e irreverente ingenio para visibilizar la situación y construyó una pieza a la que presentó como el reloj más suizo jamás construido, el Swiss Mad Timepiece: un reloj enteramente construido in-house -por supuesto-, con el calibre de cuerda manual propio HMC 327, una esfera fumé con un majestuoso color rojo que contrasta con las respectivas agujas blancas, cuatro índices tipo bastón doble también en blanco aplicados en las posiciones correspondientes a las 12, 3, 6 y 9 -en una clarísima alusión a la bandera suiza- y, lo que indudablemente resulta más increíble, una caja fabricada en queso suizo -sí, leíste bien, genuino queso suizo-; una hazaña tan técnica como creativa que logró ejecutarse mezclando el queso con una resina especial para solidificarlo y convertirlo en un material que más bien se asemeja en lo estético a una especie de mármol blanco¡pero que en definitiva es queso suizo!

La pieza fue subastada por la módica suma de 100.000 francos suizos, dinero que este chico malo pero solidario destinó a beneficio de la Foundation pour la Culture Horlogère Suisse, una organización sin fines de lucro dedicada a promover y resguardar la profesión y la cultura relojera suiza independiente.

El calibre de cuerda manual HCM 327 del Swiss Mad Timepiece protegido, como nunca antes se vio, por una caja de queso suizo.

Queda claro que fue una impresionante declaración que no pasó desapercibida en la industria… pero por si eso hubiese sido poco, Moser además anunció que a pesar de cumplir las condiciones necesarias para llevar en sus esferas el estampado Swiss Made, renunciaría a hacerlo como señal de protesta -determinación que sostiene hasta el día de hoy-.

¿EL RENACIMIENTO DEL RELOJ DEPORTIVO DE ACERO?

EL CHICO MALO ATACA DE NUEVO.

Audaz, irreverente, polarizante y, especialmente, capaz: el chico malo no sólo demostró que tiene todo lo necesario para hacer frente a cualquier desafío técnico, sino que además no tiene interés alguno en seguir la corriente de la mayoría a la hora de diseñar sus piezas.

Perfil del Streamliner Flyback Chronograph.

Moser no pretende agradar a todo el mundo, pero independientemente de poder o no compartir las decisiones que la casa de Schaffhausen toma a nivel estético en sus relojes, una cosa resulta imposible para cualquiera que valore el arte relojero: ignorarlos. Se torna verdaderamente un desafío no detenerse a apreciar la calidad, el nivel de manufactura y la atención al detalle que conlleva cada una de sus piezas.

El sorprendente movimiento cronográfico del Streamliner Flyback Chronograph.

Moser está logrando algo que no cualquiera puede concretar exitosamente dentro de la industria relojera: concebir creaciones con personalidad propia y notas distintivas que rinden homenaje a su identidad.

En definitiva si ves un Moser, enseguida notarás que es un Moser y, lo que probablemente sea más importante: difícilmente confundas a un reloj de otra casa relojera con un Moser-. En este sentido, hoy por hoy las esferas fumé son prácticamente una marca registrada de este irreverente chico malo: podríamos llamarle -si se quiere- una especialidad de la casa.

Verde fumé: la característica esfera del Streamliner Centre Seconds.

Ya en el 2005, sorprendió a todos con la presentación del inesperado Endeavour Perpetual Calendar y rompió todos los moldes en lo que refiere al diseño de un Calendario Perpetuo.

Este año, el chico malo se apuntó silenciosamente en una tarea titánica y, lo que es mejor, tan desafiante que casi raya con lo herético -debo admitir, muy acorde a la provocativa personalidad que lo caracteriza-: con la presentación de la línea Streamliner, Moser se propone reinterpretar de una manera fresca e innovadora esa abarrotada categoría que supo inaugurar el cuasi-sacro Audemars Piguet Royal Oak: la del reloj deportivo de lujo construido en acero.

El calibre automático del Streamliner Centre Seconds.

Con un diseño inspirado principalmente en las líneas aerodinámicas que fueron incorporando los ferrocarriles de la década del 20’, lanzó principios de este año su primer cronógrafo: el Streamliner Flyback Chronograph -que actualmente está nominado en su categoría como candidato al Grand Prix d’Horlogerie de Geneva (GPHG) y, como podemos esperar, no es un cronógrafo convencional sino que tiene una ingeniosa vuelta de tuerca-;y más recientemente presentó su primer steel sportswacth de tres agujas: el Streamliner Centre Seconds –un reloj que por su particular esfera fumé en color verde, sumado al diseño tan particular de su brazalete integrado, le valió el apodo por parte de la afición angloparlante (muy apropiado en mi opinión) de The Green Dragon (El Dragón Verde)-.

El inconfundible Streamliner Flyback Chronograph, candidato al GPHG 2020.

Está claro que, con la línea Streamliner, Moser busca ahora revolucionar el segmento que dominaron (y acaso aún dominan) los míticos diseños del maestro Gérald Genta: el ya mencionado Audemars Piguet Royal Oak y su posterior creación el Patek Philippe Nautilus.

El “Dragón Verde”: Streamliner Centre Seconds.

Sólo el tiempo -y la comunidad relojera- dirán si este irreverente e independiente chico malo podrá lograr lo que más de unas cuantas casas relojeras -sí, incluyendo varias de esas grandotas que se sientan en la primera fila del aula- vienen intentando por más de 40 años.

Una cosa es cierta: H. Moser & Cie. tiene todo el potencial que necesita para hacerlo.

Sea como sea, este chico rebelde de la relojería suiza, seguirá fiel a su estilo: recorriendo su propio camino, polarizando con sus diseños, desafiando con humor e ingenio a los bullies y ayudando a sus compañeros.

Todo esto, desde el lugar perfecto para hacer sus propias reglas: el fondo del aula.

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